13 jul. 2013

Juicio de Prestige

“El juicio del Prestige fue una pantomima, no le preocupa a la gente”

El alcalde asegura que en el proceso no han sido juzgados los verdaderos responsables

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"El Prestige puso a Muxía en el mapa”. A la señalada como zona cero de la mayor catástrofe ecológica de España lo único que le importa, una década después, es exprimir los réditos turísticos de la formidable publicidad internacional que trajo consigo la gigantesca marea negra. Y del resto, “sanseacabó”, afirma Felix Porto, alcalde de esta pequeña localidad de la Costa da Morte de apenas 5.500 habitantes que amaneció el 14 de noviembre de 2002 con la amenaza de un viejo petrolero a la deriva y escupiendo fuel.
No queda, al menos “en apariencia”, rastro de chapapote, “ni tampoco repercusión alguna” en los recursos pesqueros. “Se acabó también hace tiempo para nosotros el tema económico y judicial”, subraya. “Aquí todo el mundo cobró las ayudas o indemnizaciones, anticipadas a cambio de subrogar las reclamaciones en el Estado, que es el que litiga”. De ahí, en parte, “la apatía” ante el macrojuicio que finalizó esta semana en A Coruña. “Es una cuestión mediática que no preocupa a la gente”. Las cofradías y habitantes de A Costa da Morte reaccionaron durante la catástrofe de forma distinta a los de las Rías Baixas, quienes sí se personaron como acusación en el proceso judicial. No obstante, en Muxía, al igual que en el resto de Galicia, predomina “la creencia generalizada” de que tampoco va servir para nada: “No están en el banquillo de los acusados todos los que debieran estar, los del Gobierno que convirtieron un accidente en catástrofe con una mala gestión”, sentencia Porto.
El regidor socialista de Muxía se indigna al comentar “la pantomima” de un juicio “que se dilató casi once años”. “Es vergonzoso que no haya consecuencia penal alguna para los verdaderos responsables de decisiones que nos costaron miles de millones de euros que salieron del bolsillo de todos los españoles”. Porto, como la inmensa mayoría de los gallegos, está convencido que tarde o temprano habrá otro siniestro marítimo “sin que otra vez se sepa qué hacer”. La sentencia prevista para el undécimo aniversario de la catástrofe tampoco aportará respuestas, augura, ni sentará precedentes para “que haya protocolos de actuación con cobertura técnica” que establezcan qué hacer con un petrolero en apuros. “No estamos libres de otro desastre como el Prestige porque influye muchísimo el factor humano, y siempre habrá descerebrados que vuelvan a pintar de negro la costa”. Se tomaron algunas medidas, como dotarse de un gran remolcador o alejar de la costa el corredor de Finisterre por el que transitan miles de barcos. Pero no hay plan de emergencias, subraya el alcalde, y la Xunta aún anda a vueltas con la redacción de un protocolo de contingencias. “Si vuelve a ocurrir, pues haremos lo mismo que con el Prestige: tirar de teléfono para tratar de movilizar todo lo que se pueda y confiar en que almas caritativas te echen una mano”.
Aunque Felix Porto cree que “será muy difícil que se repita” la enorme marea blanca de solidaridad que se desató, con miles de voluntarios. “Sin ellos sería imposible que la costa hoy esté como está”, remarca. Y asegura que “pese a las barbaridades e ignorancia de algunos, hoy el 100% de los habitantes de Muxía y la Costa da Morte sienten una inmensa gratitud hacia esa marea blanca de la sociedad civil que supo sustituir a los incapaces del Gobierno que trataban de ocultar lo que estaba sucediendo”. Es consciente que hace diez años, Muxía también fue noticia porque su entonces alcalde, Alberto Blanco, del PP, quiso echar a los voluntarios cuando la costa aún nadaba en el fuel. Y que contaba con el respaldo de vecinos que en vez del Nunca Máis predicaban un “Outro Máis” por las cuantiosas ayudas de paro forzoso que abonó durante meses el Ejecutivo de Aznar. Pero insiste Porto en que la cofradía de Muxía “supo asumir el papel institucional del Ayuntamiento” en aquel combate contra el fuel y que la gratitud hacia los voluntarios no tiene fisuras, diez años después.
El Prestige también pasó factura en el ámbito político en la zona cero. Aunque indirectamente. En las elecciones municipales de 2003, cuando aún el chapapote seguía fresco en las playas, el PP arrasó en la Costa da Morte. “Era alucinante ver los telediarios nacionales abrir con los resultados de Madrid, Barcelona y Muxía”, recuerda Porto. Pero cuatro años después este dirigente del PSOE se convirtió en alcalde gracias a “los delirios de especulación urbanística”, que atribuye a su antecesor. El Prestige convirtió la Costa da Morte “en un punto de referencia” tanto dentro como fuera de España, lo que disparó el turismo y también la construcción. “La gente percibió que el anterior alcalde del PP pretendía convertir Muxía en una pequeña Marbella”, con un proyecto de 2.000 pisos en primera línea del mar. Y “por eso perdió” en 2007.
Porto asegura que al menos en su localidad se logró contener el bum urbanístico. Todas las esperanzas locales y turísticas se concentran ahora en el parador nacional, la gran promesa del Gobierno de Aznar en compensación por la catástrofe. “Esperamos que sea un auténtico revulsivo, ya está en obras pero conseguirlo fue un auténtico calvario durante diez años”. El alcalde subraya que el Ayuntamiento lleva años pagando el crédito para comprar, por 500.000 euros, el espectacular solar a pie del mar que acogerá el complejo hostelero. Mientras, “el Estado, que era el deudor con nosotros, no ponía un céntimo”. La tan deseada autovía para conectar esta comarca del finisterre peninsular con A Coruña, otra de las grandes promesas gubernamentales, lleva dos años parada. No hay plazo previsto para su conclusión.

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